Por ejemplo la escenificación de las andanzas de un mimo y de la vida de una geisha o tratar las aristas del temor, la obsesión y la locura.
Tanto la música como los movimientos corporales son anclajes que permiten “decodificar” el hecho coreográfico.
Una relación muy estrecha es la que debe existir entre la música y el movimiento del patinador. Pensemos al cuerpo del atleta como un lienzo donde se plasma la música. Las notas, compases o frases que, por así decirlo, quedan en la nada, aquello que no es explotado, pasará a “sonar de fondo”. No sumarán ni restarán. Tal vez resten.
¿Cuáles serían los colores y las formas que adquiere lo musical en el cuerpo del patinador? Quizás esta pregunta aparentemente tenga una respuesta simple: ¡los movimientos mismos! Creo que es necio y escueto utilizar esta concepción. No es sino a partir de las sensaciones, las emociones y los sentimientos mismos que lo intencional del movimiento ocurre como algo verídico y genuino en el hecho coreográfico. Entonces merecemos decir que la expresión de la emociones será el color y su intensidad, posiblemente, la forma.
Este lenguaje corporal artístico al que me refiero nos otorga sentido y significado, nos comunica aquello que deseamos expresar en el programa de patinaje.
El montaje de una rutina no es exclusivamente diseñar un patrón técnico o marcar una coreografía con una pieza musical al azar, es muchas cosas que confluyen en un todo final.
Trabajar los puntos arriba mencionados da lugar a que un programa pase a ser un hecho coreográfico.
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